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“La ratonera”

Habría sido casi imperativo –si alguien se hubiera propuesto ese ocioso ejercicio— describir los diferentes niveles del edificio como una torpe alegoría de la pirámide social: el cuarto piso era ocupado exclusivamente por la plana mayor de la empresa, y el Viejo se aparecía por ahí, para reunirse con los gerentes, sólo los días martes; los jefes de área y supervisores se holgaban en el tercer piso, al tiempo que mis compañeros y yo intentábamos sobrevivir, francamente hacinados, en el segundo; a pesar de que unas pocas secretarias se distribuían en los tres pisos superiores, la mayor parte de ellas ocupaba el primero, junto con los asistentes, los guardias del acceso principal y alguno que otro sacador de vuelta; en el subterráneo, por último, estaba la ratonera de los auxiliares de aseo, personajes casi míticos que ninguno de nosotros conocía porque sólo se aparecían por las oficinas cuando la frenética actividad de la jornada había terminado y sus temporales ocupantes habíamos vuelto a nuestras casas.

Quizás la falta de estímulos y el tedio que me producían las horas infinitas dedicadas a llevar los libros contables o a redactar inútiles informes, me empujaron, paulatinamente, a enmarañarme en la excitante madeja de la Negra, la bella secretaria de Gerencia General. Sin embargo, poco tiempo después de haberle declarado mi amor incondicional y no bien me hube separado de mi esposa, descubrí –con rabia, con desprecio, con el asco que yo mismo merecía— que la Negra era, desde hacía mucho antes que yo, la “querida” de el Viejo. Humillado, pensé durante meses dejar la empresa, pero la crisis económica, la certeza de que una renuncia me haría perder cualquier derecho a indemnización y la necesidad de mantenerme y de pagar la pensión de mis hijos, hicieron prevalecer en mí la sensatez. Y si bien sabía que mi historial sepultaría cualquier aspiración a un ascenso, nunca sospeché que el Viejo, luego de saberlo todo, se acordaría de mí con tanto cariño. Desde entonces, mis jefes directos no me dejaron tranquilo: me vigilaban a toda hora; me decían que hiciera algo para inmediatamente ordenarme lo contrario; me sobrecargaban de trabajo o, a veces, no me asignaban ninguna tarea. Pero pensaba en mis hijos, a quienes quería ver haciendo algo que realmente amaran para no tener que llegar, como yo, a odiarse a sí mismos tanto como a lo que hacían. Por ellos soporté más de tres décadas una represalia que, una vez que murió el Viejo –sólo algunos meses después de mi caída en desgracia—, su primogénito supo hacer suya y administrar con inquietante fidelidad.

“Me sumergí por una estrecha gradería en ese lugar desconocido, profundamente oscuro y húmedo que con justicia –o más bien por injusticia— se ganaba el mote de ratonera”.

Pasaron muchos años antes de poder dar curso a mi retiro. Mi último día de trabajo finalizó con un modesto cotillón que prepararon mis compañeros de oficina apenas se fueron los jefes. Cuando todo acabó, me vi solo en medio de la noche, inevitablemente convertido en la caricatura del jubilado que se va cargando las fotos de sus nietos en una caja de zapatos. Habiendo ya salido del edificio, me percaté de que olvidaba sobre el escritorio una botella de vino que me habían regalado mis colegas, por lo que decidí devolverme. Una vez que el ascensor llegó al segundo piso advertí, entre la penumbra que sólo iluminaba un neón distante, la ausencia de la botella y la sombra fugitiva de alguien que bajaba por las escaleras. Intrigado, llegué rápidamente al hall, en donde el nochero me precisó que “una persona del aseo” era la que se había ido hacia el subterráneo. Me sumergí por una estrecha gradería en ese lugar desconocido, profundamente oscuro y húmedo que con justicia –o más bien por injusticia— se ganaba el mote de ratonera. Llegué al fondo y luego caminé lentamente hacia el único cuarto iluminado en donde, apenas traspasada la puerta, sorprendí a una mujer de horrible aspecto descorchando mi vino.

Recordé, entonces, los rumores que muchos años atrás corrían por la oficina sobre la Negra –a quien no vi nunca más desde que se murió el Viejo—, que decían que “se había puesto a tomar de pura pena cuando perdió al hombre de su vida”. Yo había asumido, más que nada por orgullo, que todo eso eran cuentos y que la Negra se había ido de la empresa sólo porque perdía, naturalmente, sus antiguos privilegios. Pero en ese tiempo nunca me hubiera imaginado –como ella misma me lo contó después, mientras nos bajábamos la botella de vino— que el hijo de el Viejo le había permitido trabajar por una miseria limpiando la ratonera, quizás –pienso yo— producto de la lástima que a cualquiera le hubiera inspirado una pobre borracha prisionera de su vicio, pero más probablemente por procurarse una revancha muy personal contra la mujer que había perturbado la sagrada estabilidad de su familia. Para ello no tuvo que alterar sustancialmente el deseo de su padre: “Déjala trabajando en la empresa”, le imploró el Viejo antes de morir, pero nunca le especificó bajo qué condiciones.

Los libros que me hicieron querer a los libros

Como me importan más los libros que el planeta Tierra, por ende para mí hoy es más importante que ayer,comento y recomiendo los libros que me han hecho reparir la mente:

– Altazor de Vicente Huidobro.

Uno de los libros de poesía más pulentamente escritos, con unas volás más raras que la cresta y que me dejó pegao años, hasta el día de hoy, pues cada cierto tiempo lo hojeo y sigue siendo pulento. Léanse el prefacio y con eso tienen poesía pa’ un año. Igual a parte del lenguaje me ha hecho pensar sobre el camino que llevamos a la muerte y como nos tratamos de aferrar a cosas, momentos, palabras. Huidobro Maestro.

– Papelucho de Marcela Paz

Cuando chico no los pesqué tanto, pero al leerlo más grande, puta que es chistoso, el libro más chistoso que he leído (el Papelucho solo), es demasiado ingenioso, hasta te llegan a caer bien los cabros chicos. Nunca olvidaré la frase: “Ojalá mi papá me traiga una escopeta para matar patos y también patos para poder usar la escopeta” terrible de Parriano. Tb recomendable con el marciano y en vacaciones.

– Décimas de Violeta Parra

Si tuviera que resucitar a alguien, resucitaría a Violeta, la artista más abacanada que ha existido en Chile. Y este libro autobiográfico escrito en verso es de las cosas más bellas que existen.Escrito en un lenguaje popular con grandes momentos de razón y sentir, libro que demuestra que ser profundo no quiere decir ser complicado. ochenta mil estrellas para el libro de Violeta. Al que se lo he recomendado a quedado perplejo.

– Las uvas de la ira de John Steinbeck

Tb he leído libros de no chilenos, como el de Steinbeck que como tocaba temáticas sociales los yankees lo huevearon caleta y lo acusaron por comunista, ganó el Nobel igual (pq siempre se lo dan a los izquierdosos), la cuestión es que la novela es la historia de unos granjeros, post depresión ’29 en gringolandia, que pierden sus tierras hipotecadas en el banco y deben buscar algún lugar que los acoja y donde puedan trabajar, la familia es una de millares que deambulan por los estados mostrando la avaricia del mundo y los dramas que acompañan a los desposeídos. El libro es pa’ llorar, pero tiene momentos ultrabacanes literariamente que hacen ver las cosas de otra manera y eso es al final una de las cosas importantes que creo debe provocar la litaratura

– Mal de amor de Oscar Hahn

Cuando trabajaba en la librería, el libro de poesía que más vendía era este, los hacía leer un par de poemas y se lo llevaban altiro. Oscar Hahn tiene la chorrera de poemas buenos, pero con este lo descubrí y tiene un lote de clásicos. Así que a quienes se le acabaron los poemas de Neruda para regalar, este libro es la solución. Poemas de amor y desamor, muy simples, cortos además, así que se lo pueden hasta aprender de memoria. Un clásico de la poesía chilena (pq además fue censurado en su tiempo), pero en realidad vean las obras completas de Hahn.

– Las partículas elementales de Michel Houllebecq

Una de las novelas más tremenas y entretenidas que leí estos últimos años, son como cuarenta años en la vida de 2 hermanos donde se aprovecha de repasar lo que sucedía en la sociedad, desde los hippies hasta ahora. Un libro con un final que me dejó boquiabierto por su increíble sentido y percepción de lo humano. Para quienes le gusta leer libros rápidos que no sean basura. Librazo!

– La poética del cine de Raúl Ruiz

Libro para cinéfilos con un Raúl Ruiz qu habla de todo y nada a la vez, un verdadero laberinto inabarcable. Algo cabezón, pero que otorga el placer que da el pensar. Raúl Ruiz, uno de los pocos chilenos intelectuales reales.

– Patas de perro de Carlos Droguet

Uno de los escritores más peleadores en Chile que fue algo olvidado, pero ahora lo están reeditando de a poco. Este libro me hacía hasta tener pesadillas, pero es una de las novelas más bacanes que he leído de acá de chilito. Un cabro que nace con patas de perro y que el papá le saca la cresta y lo manda a buscar carne a la Vega. Puros pensamientos internos de el protagonista (el amigo protector del niño-perro) que se va en las medias volás. Cansador, pero vale la pena.

– Contacto de Carl Sagan

Para quienes gustan de la ciencia ficción, las matemáticas y la física este es un libro ultrarecomendable, pues toma un tema más que problemático para todos, la fe vs la ciencia. Muy interesante e inteligente.

– Lolita de Wladimir Nabokov

Todos cachamos la historia por las películas, pero si hay algo que logra la literatura por sobre las películas es trabajar con nuestra imaginación y crear belleza sólo con palabras. Escrito de manera magistral, preciso, sensual y maniático. Un gran libro.

– Proyecto de obras completas de Rodrigo Lira

El límite hasta donde ha llegado la poesía chilena, un compadre que se mató joven pq tenía la cagá en la cabeza, pero que hizo algunos de los poemas más desquiciados y específicos que uno se pudiera imaginar. Un tipo genial y unos poemas gigantes para leer con una chela en l otra mano.

– Crimen y Castigo de Dostoievski

Lo único malo de los rusos es que cada uno tiene como 10 nombres, pero dejando afuera eso, este libro es la cagá, al igual que el de los hermanos Karamazov, pura culpa y razonamiento del protagonista, es como estar adentro de la cabeza del que se mandó un condoro. Me hizo pensar demasiadas cosas que nunca antes había pensado y sentir una angustia muy rara. Un mamotreto que vale cada hoja.

– El matrimonio del cielo y el infierno de William Blake

Aunque leo casi pura poesía chilena o latinoamericana, si empecé a leer poesía es por un inglés: William Blake. Tenía unas volás muy raras, tenía muchas frases que fueron como un anzuelo para llevarme a extremos que antes abominaba. Una de sus proverbios del infierno marcó toda mi adolescencia: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Libro algo hereje, tal vez parte de culpabilidad tiene de mi ateísmo, pero es un libro poderoso y místico que me dejó bien pa’ dentro en su momento y me empujó además a escribir.

– El túnel de Ernesto Sábato

Este libro me hizo mierda, pero me ha costado saber porqué, tal vez pq evidenció que uno en la vida siempre anda solo, es como saber que uno carga con la soledad pa’ todos lados y que hay que aprovechar esos momentos donde uno se roza con gente. Pulento Sábato.

– El juego de los abalorios de Herman Hesse

Primero fue Demian y luego El lobo estepario los libros de Hesse que me dejaron marcando ocupado. Al revés de Sábato, estos libros me mantuvieron menos solo, explicaban muy bien muchas cosas que me pasaban, años después agarre este libro pensando que Hesse era para adolescentes y ya no me iba a afectar. Craso error. El libro provocó que tomara decisiones importantes en mi vida, y ¿cuantas veces uno lee un libro que se apodere  del volante? Un libro demasiado personal, como todos los de Hesse, pero que se hace universal. Hay que leerse por lo menos una vez a Hesse en la vida.

Ya, me aburrí, me faltó Cortázar, García Marquez, Gonzalo Millán, Claudio Bertoni, Efraín Barquero, Manuel Rojas, Oscar Castro, Enrique Lihn, Albert Camus y El Quijote que estoy leyendo ahora y es más pulento que toda la idea de fomedad que tiene uno de este libro.

Espero por lo menos entusiasmar a alguien pa que agarre un libro. Y les recomiendo a quienes se quieren animar a leer, que más que tener temporadas de lectura, es mejor siempre  estar leyendo un libro, aunque uno sea lenteja, pero tener siempre ese interés alternativo y si el libro es fome, chao, si lo peor es leer obligado o  por compromiso.  Igual yo no sería quien soy si no fuera por los libros, no creo que sea necesario leerse tantos libros, sólo hay que saber elegir.